FLORECER

Hoy, inevitablemente, he echado la vista hacia atrás y con ella, el corazón ha ido a asomarse para ver qué pasaba. Habían pasado años y tiras de confeti bañaban el suelo. Colorines y brillos se unían para simular un suelo de fantasía en el que solo pocas veces estamos acostumbrados. Sin embargo, mis ojos inspiraban soledad aquella noche. Ya solo quedaban los restos de algo que había sido divertido, ahora solo quedaba aquello con lo que otros se habían divertido. Todos menos yo, y solo por ti…

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Momentos, todo se resume en momentos. Descubrimientos, ya sea de lugares nuevos, de encuentros bonitos de abrazos tímidos. Aquellos que presencias en una cafetería; un primer encuentro entre dos chicos, vergonzosos, pero llenos de ganas e ilusiones contenidas en su pecho por no mostrar demasiado, demasiado pronto. Quizá porque fue el primer encuentro de su vida, o después de meses, o años y unos cuantos kilómetros, que se han reducido en horas han hecho que lo que parecía imposible esté, ahora, a un paso o a una extensión de brazos.

Parecen momentos que pasan inadvertidos a ojos ajenos, pero solo hace falta alzar el corazón para ver mejor aquello que la vista no es capaz de captar y darte cuenta de las horas que han viajado con la maleta en mano para poder unirse por fin. Hasta se puede palpar solo con mirarlos; se palpa en la forma en la que se miran, en la manera de sonreír. Se palpa en sus palabras temblorosas al filo de la boca. Se palpa en su pecho intentando contener unos latidos que ya no les pertenecen a ellos mismos, sino al que tienen enfrente. Se palpa en sus pies, ambos apuntando a su receptor, expectantes por quién dice de marchar de esa cafetería para poder comenzar una nueva aventura, ya sea temporal o un poco más allá. O quién sabe si una vida entera.

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Y entonces, llega el momento de aquel que observa, aquel al que se le encoge el corazón preguntándose si algún día habrá alguien que le mire como ellos se estaban mirando aquel día en esa cafetería. Y es que, esa cafetería pudo convertirse en el reino de los sentimientos aquella mañana de diciembre. Porque parece que todo el mundo se hubiera paralizado y un foco invisible estuviera enfocando cada movimiento de esos jóvenes. Y aun así, no había foco más brillante que sus ojos al mirarse el uno al otro. Qué frenético momento, aquel momento especial en el que ves a esa persona llegar, los nervios de la espera, la sonrisa tímida, la vida en alza y el corazón casi escapándose loco por cada palabra pronunciada. Convirtiendo una cafetería de una estación de autobuses en la fantasía de los buenos momentos. En los de verdad. Haciendo que salga el sol en un día de tormenta, convirtiendo ese día en uno de los más emocionantes de tu vida donde el café amargo se endulza y el olor a croissant se vuelve mucho más intenso imitando las pupilas de aquellos dos que se encuentran, permanecen y se marchan, juntos. Dos personas diferentes atraídas por millones de cosas guardadas en un cuerpo que desnudarás física y mentalmente para descubrir cuántos lunares adornan su piel y cuántas cicatrices esconde su pasado para coserlas a besos.

Dos hojas caídas preparadas para enamorarse en un invierno bañado de otoño. Dos hojas caídas de árboles diferentes que el viento arrastró,

juntas.

Y quién sabe si,

eternamente, infinitas…

Provocando el brote

de flores en sus pechos por primera vez,

todos los días de su vida.

 

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Daniel Sánchez.


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3 respuestas a “FLORECER

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