LA VEINTENA DE LAS ESTRELLAS

Tengo en la cabeza tornados de pensamientos cruzándose. Estampándose. Tengo el corazón cogido. Exacto, cogido. Como si alguien lo estuviera sujetando con su mano y sus cinco dedos. Y lo estuvieran apretando, pero solo un poco. De una manera notoria, pero sin dolor. Una forma que te corta la respiración tan solo unos segundos. Como un susto en el que contienes la respiración tres segundos y luego respiras aliviado. Es una sensación que te fatiga. Los pensamientos en tu cabeza peleando, intentando encajar en un puzle donde no caben. Y por otro lado, tu corazón sujetado por una mano invisible que hace que pierdas más el norte. Tu cabeza a mil por hora y tu corazón sintiendo una presión leve que hace que sientas más de la cuenta.

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Veinte años hace que las estrellas que vemos brillando en el firmamento han fallecido. Veinte años hace que nos han dejado y nosotros seguimos viéndolas. ¿No pasa lo mismo con el amor? Hay personas que nos hacen daño, nos dejan. Hay personas que nos han hecho sentir más que nadie y han dejado una huella dulce en nuestro corazón, han sido magia sin trucos, han sido un todo en tu vida porque no has necesitado nada más para sonreír. Y cuando se van, siguen perdurando y siguen siendo quienes moldean tu corazón de vez en cuando presionándolo de una forma cariñosa que a veces duele un poquito.

Y puede que no se requiera veinte años para olvidar a alguien, pero requiere tiempo, porque han dejado huella y no se van de la noche a la mañana. Las estrellas, al morir, dejan su brillo en el cielo para que nosotros podamos disfrutar de ese brillo que tanto las caracteriza. Para iluminar nuestras noches. Para ser partícipes de aquellas citas que se hacen a la luz de la luna. Y es que bajo las estrellas todo sabe más romántico. Todo se intensifica. Permitidme que os diga que el ambiente es crucial en esa intensificación romántica, sensiblera, apasionada, fantástica, novelera y completamente perfecta en su imperfección. Pero te olvidas de las estrellas que te rodean cuando unos ojos te miran como si fueras la única persona de la faz de la tierra. Y estos son los momentos que brillan en nuestro corazón con el paso del tiempo. Independientemente de si ha sido un momento fugaz o más duradero. Estos son los recuerdos que pasados veinte años, seguirán en el brillo de tus ojos como las estrellas del cielo.

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Mucha gente no cree en estas cosas. A mí me encantaría hacer ver a la gente que el amor romántico es posible. Y a pesar de que yo nunca he vivido un amor tan intenso, creo que es posible. Porque he experimentado momentos intensos y únicos. Y no estoy hablando de un amor de película, de esos perfectos… Siempre he creído en el amor romántico con sus cosas buenas y sus cosas malas. Con sus baches, peleas, dudas. Con sus besos, sonrisas y con sus ganas. Con sus momentos, sus agobios, sus canciones y sus bailes. Sus tropiezos y sus aciertos.

Una muy buena amiga que conocí en París (mi querida V) me dijo que ella no creía en el amor de la forma tradicional y romántica. Ella es psicóloga y muy escéptica… Yo le decía que se dejara llevar. Que se enamorara. Que lo experimentara a ver qué pasaba. Pero ella seguía diciendo que no, que eso no existía. Hace unos días la llamé y me dijo que había conocido a alguien. Que le buscaba la mano cuando iban juntos. Que estaba sintiendo cosas nuevas. No sé si fui yo quien le hizo cambiar de opinión o fue vivir en París, pero me llenó de una alegría inmensa el ver el cambio en una persona que mantenía su pensamiento firme, dejándolo atrás por haber conocido a alguien especial. Yo creo completamente en ese tipo de amor. En complementarse con alguien. Y con quien tengas tus menos y tus más, pero siempre con las ganas de seguir adelante. De buscarle la mano en cualquier momento que vuestros cuerpos se crucen.

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Hace unos días viví una noche mágica. Me suele gustar muy poca gente, pero cuando la ocasión y la persona me calan, aunque sea pronto, ya no hay vuelta atrás. Me ha pasado muy poco, pero hablo de los flechazos. Esos que te entran por los ojos, la cabeza y el corazón. Los que te encogen las tripas al aparecer las mariposas. Mariposas que parecen estar tejiendo tu estómago con hilos de nervios. Y cuando eso pasa, ocurre magia en todos los sentidos de la palabra. Ocurre magia en la arena, en los dedos, en la mirada, en las caricias. Ocurre magia en la boca, en las manos, en la entrepierna. Esa noche nos bañamos en el mar mientras la luna nos bañaba a su vez con su luz artificial. Esa noche las olas bailaban al ritmo de mis latidos y me empujaban hacia el cuerpo que tenía enfrente. La naturaleza es sabia y ese día jugó a favor de mis ganas. Los aviones pasaban por encima de nuestras cabezas y yo me preguntaba quiénes viajarían, dónde irían, qué harían… Y si también había gente que les había dejado huella en el cielo de su corazón.

 

Las estrellas que vemos perecieron hace veinte años,

pero siguen dejando huella.

 

Imagina las personas,

que tenemos la ventaja de sentir.

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Y si alguna vez notas que tu corazón ya no brilla,

despliega tus alas. Porque como diría Frida Kahlo:

“Donde no puedas amar,

no te demores”.

 

                Daniel Sánchez.

 


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