A MIL POR HORA

No me dio tiempo a reaccionar en ese cruce donde nuestros ojos se volvieron a encontrar. Mis piernas y mis pensamientos iban a mil por hora. Mi vida también. Las semanas están pasando rápido y los momentos son efímeros. Y solo faltó un momento entre todos los momentos para que el tiempo fuera a cámara lenta. Y volví a pensar en qué hubiera pasado. Volví a pensar en el “y si…”. Esos condicionales que tanto nos ametrallan la cabeza y el corazón. Ese “si..” sin acento que tanto queremos que se convierta en un “”. Y ya está. Así de simple. Adiós a los puntos suspensivos y hola al acento. Adiós al condicional y hola a la afirmación.

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Y parecía que ese día se me iba a salir el corazón por la boca. Y ya no sé si era por el sprint que me pegué o por el cruce que nos volvió a cruzar. Porque los cruces con cedas y coches están ahí para que en un momento determinado vuelvas a cruzarte con otra persona. Y no necesariamente en coche sino cruzando. Porque los cruces están para cruzarlos y para cruzarte con algún destinatario ajeno o conocido. Ya sea una vuelta al pasado o una mirada al futuro. Sea lo que sea, ese día nos cruzó. Y el destino volvió a hacer de las suyas.

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Y puedo decir que fue casualidad, que no tiene importancia, que fue efímero (¡y tanto que lo fue!). Que es normal. Pero yo no soy así; yo soy de los que buscan explicaciones hasta debajo de las piedras. De los que se escurren el cerebro hasta entender algo y a los que les produce dolor de cabeza y aun así, siguen intentado descubrir hasta el misterio más recóndito de la faz de la tierra.

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Ese día, donde mi felicidad iba viento en popa, donde yo llegaba tarde, donde iba con fotocopias porque el de la copistería había tardado un poco más de la cuenta en imprimirme los apuntes, donde iba cruzando a diestro y siniestro sin percatarme de los coches ni de las personas. Ese día me tuve que fijar en una persona que cruzaba y se cruzó, ya no en mi camino, sino en mi vida. Que había cruzado otra vez. Y lo hacía con una sonrisa. Ese día mi felicidad pareció chocar con un iceberg y ya no iba tan viento en popa. Porque unas horas más tarde, cuando ya había terminado mi día y llegué a casa de madrugada; en uno de esos paseos nocturnos en los que uno se pone más filosófico de lo normal teniendo como guía la luna, pensé en el “y si…”. Y todo pareció tambalearse.

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Sin embargo, lo bueno de que todo esté sucediendo a cámara rápida: las horas, los días, las clases, las prácticas, el trabajo… Es que mis pensamientos se están volviendo más rápidos. Y aunque los pensamientos sean contradictorios a los sentimientos, ambos se complementan de alguna forma.

¡Aquí viene un pensamiento! ¿Lo guardas o lo descartas?

Y ahí vas descartando aquello que sabes que no te gusta y guardando aquello que quieres conservar. El caso es que vivimos momentos y momentos. Que hay épocas a cámara lenta y a cámara rápida. Que tu vida está patas arriba y aun así es una de las mejores épocas que estás viviendo en tu vida. Y a pesar de los mil y un problema que te acorralen día a día, y aunque te vengas abajo en determinados momentos, lo más importante es que te rías a carcajadas aunque sea una vez al día. Y desde que yo me río así, al menos, una vez al día, parece que todo va mejor aunque mi cabeza sea un caos de pensamientos, planes, problemas y proyectos. Y aunque sea una de las mejores etapas porque el mil por hora te hace sentir vivo y activo, siempre habrá alguien que te haga ver los momentos a cámara lenta.

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Pero he sacado en claro que he aprendido a guardar momentos;
 tanto buenos como malos.

 He aprendido a guardar 
pensamientos y acontecimientos.
 He aprendido a ver cruces y sonreír; 
a perdonar aunque nunca olvide.

 He aprendido a correr cuando
 los cruces se cruzaran en mi camino, me aceleraran el corazón 
y me dejaran sin aliento.

 He aprendido a confundir 
las palpitaciones del corazón 
por el cansancio
 y no por los sentimientos. 

Y por eso corrí. 
Y ya no sé si me ahogaba por el cruce que me cruzó contigo
 o por correr sin mirar atrás
 y no parar jamás.

He aprendido que las noches filosóficas llegan a su fin cuando la luna se esconde y que dan comienzo a los días soleados que disipan dudas y aclaran sentimientos. He aprendido que los “y si…” de un momento determinado llegan a ser un “mejor así”. Lo que empiezas a dudar y a pensar una y otra vez termina siendo algo insignificante de ese mar de dudas. Vuelves a encarrilar tus pensamientos como estaban antes de chocar con el iceberg y empiezas a ver las cosas con la claridad con la que la veías. Y llegas a la conclusión de que lo más importante es que te tienes a ti mismo. A ti mismo sonriendo. Así que el barco no se hunde, sino que sigue viento en popa. Y tu felicidad también.

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-S.D.


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